El pozo sin Brocal (Relato de María Luisa Ferreira)
El pozo sin
brocal
Ña Fidelina tenía un pozo sin brocal. Estaba en
el fondo de la casa de adobe y tacuarillas. Un rancho con techo de paja en
medio del paraíso terrenal. La casa de Ña Fidelina tenía exuberancia, muchas
sombras donde en la mañana se filtraba un sol somnoliento. Aguacates, mangos y
lo más bello: Infinidad de durazneros. ¡Qué hermoso espacio!. Recuerdo las
sombras en el suelo, dispersas como pequeñas manchas hechas por el sol que se
filtraba entre tantas hojas de diferentes formas. Por el suelo, caminaban las
gallinas dejando sus pequeñas huellas, como pellizcos. La casita era una isla
rodeada de verde, por el cual se accedía por un portoncito precario, acorde al
diseño. Era necesario bordear un largo sendero entre cocoteros y matorrales. No
digo malezas, porque las malezas crecen al descuido. Eran matorrales amigos,
que se quedaron de propósito como parte del paisaje, conviviendo con las
plantas domésticas. La casa de Ña Felicia no era arrasar con lo que hay para
construir, sino construir en medio de lo que hay, agregando árboles, arbustos y
hierbas domésticas. Lo que no estorbaba era amigo. A pocos metros de la
entrada, repartidos en forma aleatoria por la naturaleza, estaban los guayabos,
fragantes, con sus frutos de carne roja algunos; otros naranja; otros,
amarilla; otros, blanca; otros, salmón. Algunos pequeños, otros alargados,
otros dulces, otros ácidos. Algunos, enanos. La casa era un muestrario botánico
de guayabas. A un costado estaba parado un cocotero. Recuerdo a éste aunque
estaban muchos. Los cocoteros eran abundantes. Y todo lo que había en el suelo,
era imposible de inventariar: Ramas y más ramas, algunas desprendidas, otros
verdes, muchos con insectos. Abajo, una alfombra tropical, con fragancia,
rocío, espinas a veces, muchos insectos, enormes hojas secas de cocotero,
frutos, algunos, maduros, otros, verdes, otros, secos; con pájaros visitantes.
Luego, el suelo sin vegetación rica ni verde, indicaba el territorio del
hombre.
Hasta el
matorral podían llegar las serpientes y los reptiles verdes de la siesta que
desaparecieron invadidos por otros asiáticos de color carne. Y allí de dentro,
a veces surgían personas que iban a la ciudad. Emergían como los dragones que
salen de sus cuevas, como hormigas del hormiguero, como el alonsito de su tatakua.
Todo rancho
que se precie debía tener su tatakua hecho
de barro rojo. Algún que otro secreto en la construcción
se disputaban sus propietarias. ¡Cómo calienta
el horno de Ña Fulana!, decían en guaraní. El tatakua
era un rito para días especiales. El brasero y el
fogón de la cocina, eran para todos los días. Había una hamaca bajo uno de los
mangos. No podía haber sido diseñado en conjunto, naturaleza y acomodamiento
del hombre, un sitio más perfecto para la hamaca de la siesta, acunada de
cigarras, cerca de una salamandra. Pero también era ideal
para escuchar
historias de niñas adolescentes, que se narraban sus proezas llenas de
exageraciones. Yo era muy pequeña, y aquellas anécdotas de primas y hermana
mayor (Higinia y Guillermina) me parecían tan audaces como los viajes de Marco
Polo a la China. Pero vayamos al pozo sin brocal. En el fondo, donde empezaba a
divisarse el campo de cocoteros, y hierbas típicas, donde una que otra vaca
paseaba, estaba cavado el pozo en la tierra roja que tenía dos palos brutos
formando una V invertida sobre su entraña. Acercarse estaba prohibido para los
niños.
Con las piernas
abiertas para hacer mejor equilibrio, los adultos lanzaban sus baldes al fondo,
donde el agua era generosa. Alrededor, algunos tártagos pioneros habían
aparecido.
Recuerdo
también algunos cultivos como el po
roto y el maíz. Una máquina moledora de maíz;
gallinas subidas a palos entre los arbustos. Y el sol que se filtraba entre los
árboles, apenas podía espiar qué pasaba en ese rancho de Ña Fidelina.
Publicado en el Libro "En Versos y Prosas", Editorial Servilibro, 2013. Autora: María Luisa Ferreira

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